En 2010, EE.UU. la deportó a México. Desde entonces ayuda a migrantes en la frontera: "Voy a seguir hasta que ya no pueda"

2026-09-29 17:53:33 - MUNDO

A sus 66 años, Esther Morales Guzmán, originaria de un pueblo de Oaxaca "como de cuento", dice sentirse con "mucha fortaleza, mucha energía" para seguir trabajando. Su labor está lejos de ser sencilla. Cada semana, cocina diversos platillos, ollas llenas de espagueti, frijoles, arroz o guisados, para luego salir a las calles de la ciudad fronteriza de Tijuana en su auto y entregar "comida calientita" en albergues para migrantes en situación de tránsito o deportados.

Para ella, así como para miles de migrantes, el futuro es incierto debido a la situación actual en Estados Unidos, cuyo Gobierno lleva casi dos años emprendiendo una ofensiva migratoria masiva para detener y deportar a inmigrantes indocumentados, muchos de ellos a México (incluso sin ser mexicanos).

Sin embargo, Morales Guzmán dice a CNN que no piensa en rendirse. Como migrante que alguna vez vivió décadas en EE.UU. y que fue deportada por última vez en 2010, sabe lo que es pasar hambre o cambiar de refugio cada cierto tiempo. Es por ello que, asegura, "voy a seguir adelante hasta que ya no pueda, hasta que ya de plano no haya nada".

"Tenemos que seguir porque, ¿qué va a ser de esa gente? ¿A dónde va a ir esa gente?", agrega.

La historia de la señora Esther es un ejemplo claro del fenómeno histórico de la migración entre México y Estados Unidos.

Primero, a finales de la década de 1980, salió de su pueblo en Oaxaca rumbo a la Ciudad de México para trabajar con una familia. Además de ese trabajo, Esther puso un negocio de tortas para tener más ganancias, pero las ventas no andaban bien.

Para ese entonces, todos sus hermanos ya estaban en Estados Unidos, así que decidió irse también. Uno de sus hermanos le dio un croquis del apartamento en Los Ángeles donde estaban viviendo, así como indicaciones para llegar a Tijuana, ciudad mexicana en la frontera con EE.UU. desde donde tendría que cruzar.

Era 1989 cuando Esther logró cruzar por primera vez a Estados Unidos. Cada cierto tiempo, decidía regresar a Oaxaca y luego volver a cruzar. Siempre lo hizo, reconoce, sin papeles, pues antes era más fácil y no existía el control migratorio que hoy prevalece.

Su única hija nació en Los Ángeles en 1993 y gracias a su trabajo en EE.UU. pudo independizarse de sus hermanos y rentar un apartamento por su cuenta. El "sueño americano" parecía haberse cumplido, su hija y ella vivían en paz, construyendo una vida juntas, celebrando cumpleaños, pasando tiempo con la familia.

Esther Guzmán Morales, originaria de Oaxaca, salió adelante luego de ser deportada por última vez a México en 2010.

Pero entonces "empecé con los problemas de las deportaciones", dijo Guzmán Morales a Humanizando la Deportación, proyecto originado en la Universidad de California en Davis que documenta historias de migrantes, las cuales son contadas por ellos mismos en primera persona.

Reingresó a Estados Unidos en varias ocasiones —un delito en ese país—, pero la seguían deportando a Tijuana, una ciudad prácticamente desconocida para su hija, quien hablaba poco español y ya había formado lazos de amistad en Estados Unidos.

Esther sabía que lo mejor para su hija era que se quedara con su familia en Estados Unidos y siguiera su vida allá.

En 2010, Guzmán Morales fue deportada por última vez a Tijuana, México. Desde ahí, buscaría construir una nueva vida y trabajar para pagar los estudios de su hija del otro lado de la frontera.

Desde su llegada inicial a Estados Unidos en 1989 —con idas a México, regresos, arrestos en centros de detención, enfermedades, procesos migratorios y ocho deportaciones de por medio—, Esther fue deportada por última vez a Tijuana hace 16 años, en septiembre de 2010, en plenas fiestas patrias mexicanas.

Si bien ya había estado en Tijuana, Esther no conocía del todo la ciudad porque siempre regresaba a Estados Unidos. Pero esta vez ese lugar se convertiría en su hogar.

A partir de entonces, su vida en Tijuana giró alrededor de la búsqueda de trabajo. Salir de casa, caminar, buscar trabajo, ahorrar. Esa era la rutina.

En una de esas caminatas, encontró un letrero que solicitaba a una persona para trabajar haciendo tamales, un platillo típico que se remonta a la época prehispánica. Esther sabía cocinar de todo, menos tamales, pero igualmente tomó el trabajo. El lugar donde se colocaría el negocio estaba muy sucio y requirió dos meses de limpieza, tiempo en el que Esther aprendió a hacer tamales —aunque reconoce que tardó un año en perfeccionar su técnica para cocinarlos.

El negocio, conocido como el restaurante La Antigüita, abrió en 2011 y despuntó: sus mejores clientes eran estadounidenses que se llevaban tamales por docenas. Pero Esther estaba "deprimida" por no poder estar junto a su hija, al punto de tener problemas con el consumo de alcohol. Su "mejor terapia", dijo a Humanizando la Deportación, fue el trabajo, por lo cual dedicó "cuerpo y alma" al negocio de los tamales.

Con Esther a la cabeza, La Antigüita ganó reconocimiento por sus atoles y tamales de elote, así como por ayudar a migrantes varados en la ciudad. Moralez Guzmán daba comida y agua a personas que lo necesitaran, y en muchas ocasiones se trataba de migrantes en calles y albergues de Tijuana, ciudad que, hasta la fecha, se mantiene como epicentro del fenómeno migratorio entre EE.UU. y México, ya sea como punto de tránsito para migrantes o de destino para personas deportadas.

Esther comentó a Humanizando la Deportación que a veces piensa que ya superó todo lo vivido, pero admite que no ha podido: "La deportación cambió mi vida". Sin embargo, se dijo orgullosa de haber convertido "lo imposible en posible" al transformarse en la cara del restaurante La Antigüita.

"Ironías de la vida: mi sueño americano se convirtió en mi lindo sueño mexicano. Ya me cansé de llorar, ya no quiero llorar. Quiero ser la parte de éxito, un ejemplo y mostrar que sí se puede, que no todo se perdió", añadió.

Esther posa para una foto en La Antigüita frente a un letrero que dice "De este lado también hay sueños". - Cortesía: Brooke Kipling

La señora Esther comenzó a ayudar a migrantes prácticamente desde que inició su trabajo en La Antigüita. En esos primeros años, dice a CNN, estuvo en el "anonimato", hasta que un grupo de estudiantes de posgrado llegó a Tijuana en 2016 para descubrir historias de migrantes.

Ese grupo de estudiantes era el equipo de Humanizando la Deportación y, en su búsqueda, dieron con una historia digna de contarse: la de la señora Esther.

Luego, con la ayuda de Humanizando la Deportación, Esther dio a conocer su historia y decidió bautizar su proyecto de ayuda como "Comida Calientita".

"Ellos llegaron en el 2016 y fue cuando me descubrieron, fue cuando ya me hice viral, porque estaba yo en el anonimato, daba comida y todo, pero hasta que ellos llegaron ya me empezaron a buscar. Y ahora es bastante conocido ya (el proyecto) Comida Calentita", explica Guzmán Morales en entrevista.

Humanizando la Deportación no solo estuvo con Esther en 2016. Han vuelto constantemente y en la actualidad los estudiantes de esa iniciativa la siguen apoyando con su labor altruista. En 2017, una de las estudiantes del grupo, la estadounidense Brooke Kipling, viajó a Tijuana para grabar historias de migrantes y fue cuando conoció a Esther.

"Doña Esther me enseñó que primero la panza llena, después el corazón contento. No puedes llevar relaciones con otra persona que está sufriendo, que está llevando una historia muy cargada, sin saber que ya han comido, que ya han tomado su desayuno. Y doña Esther me dijo: 'Eso es el proyecto Comida Calientita'. Lo más importante es llevar comida calientita a los albergues de migrantes y de ahí formamos las relaciones para grabar sus historias", dice a CNN Kipling, quien es estudiante de posgrado y tiene estudios en Lenguas y Literatura.

La señora Esther sube al albergue Embajadores de Jesús, el más lejano a la zona centro de Tijuana. - Cortesía: Brooke Kipling

Kipling y los estudiantes de Humanizando la Deportación han acompañado el trabajo de la señora Esther. Ella cocina todo y sale en su auto pequeño para entregar las comidas en albergues, ya sea cercanos al centro de Tijuana o alejados de ahí.

"Así conocí a ese pueblo migrante de Tijuana, fue por Comida Calientita, fue primero por llevar con doña Esther un plato de comida calientita y después ahí comenzar eso de grabar las historias" para Humanizando la Deportación, agrega Kipling.

Para Esther, un plato de comida calientita puede ayudar a los inmigrantes a respirar, sentirse mejor y pensar las cosas de manera diferente.

"Yo le puse Comida Calientita por la razón de que la hacemos de volada, la llevamos caliente en el carro y llega calientita hasta donde voy. Calientita llega, no hay necesidad de pedir estufa", dijo a Humanizando la Deportación. "Me gusta verlos contentos. Por eso digo 'Quiero ver su pancita llena y su corazón contento'".

La Antigüita fue durante muchos años el motor de Comida Calientita. La comida que no se vendía se iba para la ayuda a migrantes y, si hacía falta, la señora Esther preparaba más en ese lugar. Pero el restaurante recibió los duros impactos económicos de la pandemia de covid-19 y sus ventas colapsaron en 2020.

El restaurante y la labor altruista de Esther soportaron esos impactos gracias a la organización Al Otro Lado, que patrocinó un año completo de trabajo, dice Guzmán Morales.

Su labor se esparció a más albergues de Tijuana: la Casa del Deportado Sagrado Corazón, el Jardín de las Mariposas, el Instituto Madre Asunta, la Casa del Migrante, Embajadores de Jesús.

La ayuda de Esther también abarca ropa, que consigue a través de donaciones de personas que conocen su labor. - Cortesía: Brooke Kipling

"Muchos lugares donde se acababa todo (lo preparado para comer), te lo arrebataban de la mano, el agua ni se diga. Es cuando comienzo a hacer más labor", señala Guzmán Morales al proyecto Humanizando la Deportación.

Pese a la ayuda económica, Esther enfrentó muchos otros obstáculos, entre ellos un asalto y una cuchillada en el cuello que la dejó tres meses hospitalizada. Pero ni siquiera eso la detuvo y siguió con su labor.

En 2023, La Antigüita, el restaurante que era su pasión, cerró porque los dueños vendieron la propiedad donde estaba ubicado.

Con el "corazón roto" por todos los recuerdos que quedaron atrás con el cierre de La Antigüita, Esther no se quedó con los brazos cruzados: puso un campamento afuera de un refugio de Tijuana, consiguió una estufa y desde ahí siguió cocinando para llevar alimentos a los 12 albergues de migrantes que visita regularmente, preparando en promedio entre 150 y 200 platos de comida calientita cada semana.

El campamento duró meses en ese lugar, hasta que en junio de 2024 logró rentar un local que se volvió la sede de Comida Calientita, que en ese año se convirtió en una asociación civil.

"Es para mí un logro, es para mí un éxito, es para mí un milagro todo esto. Es un santuario este local, es un lugar donde nos reunimos todos, hacemos nuestros planes para conseguir fondos, lo que nos preocupa, qué hacemos, festejamos, celebramos. Esa es la historia de proyecto Comida Calientita: una mujer que ha vencido todos los obstáculos que la vida le ha puesto. Una historia muy bonita porque volví a nacer como el ave fénix", comentó Morales Guzmán a Humanizando la Deportación.

Ahora, tras dos años como asociación civil, el proyecto de la señora Esther se prepara para dar el banderazo de salida a otra iniciativa de ayuda: Transporte Migrante.

La idea para esta iniciativa surgió mientras Esther llevaba comida calientita al albergue Embajadores de Jesús, que es el "más lejano que hay, no hay transporte y está en medio de las montañas", dice a CNN.

Esther Morales Guzmán junto a la camioneta para la iniciativa de Transporte Migrante. El pago inicial para comprarla salió de sus propios recursos. - Cortesía: Brooke Kipling

"Muchos me dicen que no van a sus citas médicas. Muchos dicen que no tienen para el pasaje (hacia el centro de Tijuana) e ir a buscar trabajo. Muchos dicen que quieren bajar al centro, pero no pueden porque no tienen ni dinero para poder agarrar un transporte. Y para poder agarrar un transporte ahí, tienes que caminar mucho para llegar a una avenida, está muy complicado. Es ahí donde nace la idea del transporte que va a ser, según mis pensamientos, en especial para ese lugar", explica.

En pocas palabras, es una iniciativa para dar transporte a migrantes que están alejados de los puntos más importantes de Tijuana.

Para ello, Esther ha puesto cientos de dólares de sus propios recursos para el pago inicial de una camioneta. Otros recursos, añade la mexicana, llegan desde Estados Unidos: su hija, que pasa los 30 años y terminó estudios en psicología, le manda apoyo económico. Asimismo, Kipling y Humanizando la Deportación ayudan a Morales Guzmán a obtener recursos por otras vías, entre ellas campañas de recaudación de fondos en internet.

Esther junto a sus perros, los fieles acompañantes de su vida. - Cortesía: Brooke Kipling

"Queremos poder llevarlos a sus citas médicas, a sus citas legales, que lleguen al centro y puedan buscar trabajo, comprar comida, que es mucho más cara allá en su zona, porque está más lejos, entonces en el centro es más barata", detalla Kipling a CNN.

Kipling coincide con Guzmán Morales en que el futuro es incierto. Pero, en esa incertidumbre, hay algo seguro: la migración siempre va a existir y es por ello que estas iniciativas son necesarias. Incluso, la estudiante dice que Transporte Migrante puede evolucionar.

"Después de que haya un sistema del transporte migrante bien hecho, hemos pensado: ¿por qué no vamos más allá de solo la supervivencia de citas médicas? ¿Por qué después de eso no podemos llevarles a eventos culturales, un paseo por la playa? Ese transporte nos va a dar mucha felicidad", indica Kipling.

En tanto, la señora Esther dice que Transporte Migrante iniciará el lunes 19 de octubre, para lo cual piensa ya una celebración.

"Pienso hacer una gran celebración porque para mí va a ser un éxito. Pienso poner la camioneta aquí, ponerle su moño, pienso invitar a migrantes, pienso hacer un gran evento. Voy a celebrar bastante ese éxito, porque he sacrificado muchas cosas. Tengo dos mascotas (perros), me encanta comprar tacos los viernes, (los perros) comen taquitos y hay viernes que les digo que no hay para tacos, ni modo. Parece que entienden, eso es una cosa que yo hago con mis animalitos cada viernes y hemos parado a hacerlo", dice Guzmán Morales.

"El futuro es incierto, pero yo voy a seguir adelante hasta que ya de plano no haya nada, pues vámonos. Pero aquí voy a estar al pie del cañón", finaliza la migrante mexicana convertida en activista.

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Fuente: cnn.com
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